¿Por qué mienten los niños y las niñas y cómo debemos reaccionar?
Más de una vez me ha ocurrido que algunos padres me comentan preocupados que su hijo ha empezado a mentir. Y escuchan asombrados cómo yo lo celebro con un alegre; “Ah, por fin, bienvenido al club”.
Me refiero al club de los humanos; los seres más mentirosos de la creación. Mejor dicho, de la evolución. Y, quizá, con permiso de los primatólogos, los únicos mentirosos.
La verdad es que la capacidad de mentir nos define. Por supuesto que no es el único rasgo ni, quizá, el más importante que nos define, pero sí que está conectado a otros muy importantes como nuestra condición de seres sociales y la teoría de la mente.
Pero eso lo veremos luego. Ahora voy a tratar de hacer una clasificación de las mentiras que nos de un poco de luz.
Tipos de mentiras en niños y niñas
Propongo, corriendo el riesgo de la simplificación, tres clases de mentiras que dice el niño pequeño:
- La que dice para evitar una sanción, un castigo, un rechazo. “No he sido yo”.
- La que dice para conseguir algo que no conseguiría si dijera la verdad. “No, a mí no me has dado galleta”.
- La que dice como manera de parecer algo que no es. “Me han comprado un caballo” o el legendario “mi padre es policía”.
Las dos primeras son mentiras, digamos, “funcionales”. Están destinadas a la obtención de una ventaja material o la evitación de una desventaja. Me sugiere una mentira ligada al estamento clásico del Superyo, a la ley social.
La tercera, en cambio, es la mentira del estatus social, la que busca reconocimiento o que se le trate con mayor consideración. La veo más como una mentira tributaria del narcisismo, del Yo.
En los adultos las estrategias que tienen a la mentira como táctica pueden ser mucho más complejas y mezclar y solapar las sociales con las funcionales o las conscientes con las inconscientes. Pueden tener como motivación la manipulación y el poder e instrumentos diferentes a la palabra. Requeriría análisis mucho más complejos.
En todo caso, pienso que la mentira, que incluye las versiones de ocultación, disimulo, engaño o medias verdades, nos permite funcionar como seres sociales pero con identidad individual. Diferentes de otros seres sociales como las hormigas o las abejas. Nos permite mantener nuestro deseo personal diferenciado de los intereses del grupo y sin entrar continuamente en conflicto o, al menos, minimizando este. Desde luego que también nos permite actuar egoístamente contra las necesidades del grupo sin que nos penalicen. Así que sí, es verdad que se corre un riesgo al mentir: que te pillen y consigas el efecto contrario al pretendido. ¡Pero la tentación es tan grande!
Mentir no es un acto al alcance de cualquiera. De cualquiera que no sea humano, al menos. Exige la compleja capacidad de situarse en el lugar del pensamiento del otro: “él no sabe de esta cuestión. Así que si yo digo esto él pensará que es así y yo conseguiré aquello. Pero, tengo que tener cuidado de que no se entere de la cuestión”. Una refinada capacidad de elaborar hipótesis, anticipar acontecimientos y prever resultados. Y todo a velocidad de vértigo.
Si yo me felicito ante los padres de las incipientes mentiras de sus hijos es porque sé de la necesidad de estas capacidades y del refuerzo de la propia identidad que conllevan. Puedo decirles, por ejemplo, que su hijo no es autista. Bueno, a mí me cuesta utilizar este término, pero quizá es lo que diría Uta Frith al interpretar el autismo como una carencia cognitiva de la denominada teoría de la mente[2].
La mentira, a pesar de ser un refinado mecanismo cognitivo de alto nivel, no está socialmente nada bien vista. Y es que introduce un grave factor de desconfianza y los humanos cuando descubrimos que nos han mentido, por lo general, tenemos un profundo sentimiento de decepción, si no de rabia, dependiendo de las consecuencias del engaño, hacia las personas que nos han mentido.
Por otro lado, somos conscientes de que todos la practicamos con más o menos frecuencia y destreza, y si las consecuencias no son muy perjudiciales o humillantes tendemos a relativizarlas y a perdonarlas con el tiempo. Especialmente si la persona mentirosa muestra arrepentimiento (que tampoco tiene por qué ser cierto) y apreciamos la convivencia con ella, ya sea por afecto o por sus ventajas prácticas.
Aprendiendo a gestionar la mentira
Así pues, queda claro que la capacidad de mentir es tan necesaria como peligrosa y, por tanto, hay que aprender a gestionarla correctamente.
No nos escandalicemos o enfademos porque los niños nos hayan mentido. Desde luego, tampoco lo aplaudamos o promovamos.
Mi consejo educativo, si me atreviera a darlo, sería que, en la medida de lo posible, no lo dejemos pasar pero que no montemos un escándalo por ello.
Deberíamos hablarlo. Quizá relativizarlo, quizá con un poco de humor si la situación lo permite y, sin duda, tratando de entender por qué lo ha hecho. Podemos imaginar con ellos las consecuencias, analizar las mentiras de otros, ofrecer salidas más decorosas, desculpabilizar la infracción y reconciliar al sujeto con su hecho humano.
Y hacerle prometer que no lo hará más. Otra mentira.
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[1] La verdad es que Miguel Hernández escribió “heridas”.
[2] Es un concepto acuñado por Bateson.

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